Permavirus

Paula Gil Garcia
18 min readMar 10, 2020

— Dios mío, qué fea es — dijo Nerea, y se apartó un poco de la ventana, como si fuese contagioso.

Por una vez, Bosco estuvo de acuerdo con su hermana. La mujer tenía una nariz descomunal, demasiado ancha, pero los ojos eran diminutos y estaban un poco hundidos, creando la sensación de que la estrecha frente fuera una visera que sobresalía un poco. A esa distancia parecía entre rubia y pelirroja, con la tupida mata de pelo recogida en un moño bajo del que se desprendían unos mechones tiesos como alambres. Pero lo que más le llamó la atención a Bosco fue el cuerpo. Katarina era bajita pero de aspecto fuerte. Hasta debajo de ese ridículo uniforme de empleada doméstica se apreciaban dos brazos musculosos y las piernas, cortas y enfundadas en medias color carne, parecían de ciclista

— ¿Tú crees que habla? — preguntó a su hermana.

— Y yo que sé. Solo se oye al tonto de la furgoneta.

Katarina miraba al suelo. Su padre le tendió la mano, pero la mujer no despegó los brazos del cuerpo y a los pocos segundos tuvo que bajarla. Su madre charlaba demasiado, como siempre que se sentía incómoda. Había papeles que firmar, muchos, pero finalmente el tipo tomó a Katarina del hombro, le dio un pequeño empujoncito para que caminara hacia sus nuevos dueños, y se marchó en la furgoneta.

— Ala, pues ya tenemos una orangutana en casa — dijo Nerea.

— Es una neandertal, imbécil.

— Lo que sea — contestó su hermana. Y se marchó a hacer lo que fuera que los adolescentes hacen todo el día. Bosco reparó en que Katarina había venido sin maletas. Ni bolso traía, como si no tuviese pertenencias.

En el salón, sus padres esperaban uno a cada lado de la mujer. Los niños no recordaban semejante ceremonia con ninguna de las internas que habían pasado por la casa, y había habido varias. Como mucho, se comentaba durante la cena. “Camila no vendrá a partir del lunes, se vuelve a su país. He contratado a Tania, una filipina que se incorpora mañana, para que vaya aprendiendo”, todos se acostumbraban a comer pancit en lugar de arepas y ya estaba. Bosco no recordaba ninguna presentación tan oficial. “Todo este rollo es porque la han comprado y les da vergüenza”, decía Nerea, pero él no terminaba de entenderlo.

— Chicos, esta es Katarina, que como sabéis va a ayudar en casa a partir de ahora. Nació en China y habla mandarín, pero también un poquito de inglés y español. ¿Verdad? — su madre se giró hacia ella, pero la mujer seguía con la vista fija en el suelo. — Menos mal lo del español, porque nuestro inglés es un desastre…

Todos rieron un poco, nerviosos. Todos menos Katarina. Su padre tosió, cubriéndose la boca con la palma de la mano. Su hermana se comió una uña. Su madre se rascó la frente y Katarina murmuró algo con voz grave, pero ninguno lo entendió.

— Perdona, ¿qué dices?

— ¿Cocina?

— Ah, por aquí, ven — y su madre echó a andar con ella hacia la zona de servicio.

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Katarina hablaba poco pero trabajaba mucho. Más que una interna, parecía que tenían tres. En pocos días limpió la casa de arriba de abajo, frotando y desinfectando hasta en sitios donde nadie había puesto un dedo en años. Lavó cortinas. Ordenó la despensa. Dejó reluciente la cubertería buena, la de plata. Hasta la piscina limpiaba, pasando a toda velocidad el limpiafondos con sus musculosos brazos. Aprendió a manejar el interfono, a distinguir que la urbanización tenía una entrada para los residentes y otra para las visitas, y que cuando alguien llegaba a esta, los de seguridad llamaban antes de dejarles pasar. Se hacía entender con su español rudimentario y hasta escribió una lista de “productos” para que pidieran los artículos de limpieza del hogar que precisaba. Cocinaba en grandes cantidades y casi siempre cosas chinas. “Qué joya, Verónica, qué joya”, decía su padre con la boca llena de Chop Suey. Bosco y su hermana, poco amantes de la comida exótica, celebraron más los intentos de Katarina por hacer croquetas y macarrones con tomate.

— Qué lista es; ya sabe hacer pasta — dijo Bosco.

— Enano, son macarrones, no física cuántica, y están como una piedra. Los neandertales se extinguieron por algo, ¿sabes? Si quieres, cómete los míos.

Bosco tomó el tenedor de su hermana y rebañó el plato. A él no le parecían tan malos.

Esa noche, después de cenar, Bosco empezó a pensar otra vez en el virus ese del que tanto se hablaba e internet, y se puso nervioso.

— Nerea dice que ya hay veinte casos, papá.

Su padre se dio cuenta del temblor en la voz de su hijo y le sentó en su regazo.

— Tranquilo, cariño. Están todos en Alaska. ¿Tú sabes lo lejos que queda Alaska?

— Pero…¿y si alguien viaja fuera y se lo pega al resto del mundo?

Su padre le abrazó un poco más fuerte y le dio un beso en la nariz.

— ¡No les dejan, bobito! Están en cuarentena, sabes lo que es eso, ¿verdad? No pueden salir de sus casas y por supuesto no pueden salir de Alaska. Así no contagian a nadie. Hasta que los curen a todos y ya está. Esto no es como antes, como lo del Corona y esos virus. Tú no habías nacido, pero entonces era un descontrol, todo el mundo por ahí, viajando sin saber si a lo mejor estaba enfermo. Ahora detectan mucho antes si alguien está infectado o no y las cuarentenas se hacen muy bien.

— ¿Y este, qué virus es?

— Pues uno nuevo que ha aparecido al descongelarse el permafrost. Lo del permafrost ya te lo han explicado en el cole, ¿no? Digamos que es un virus prehistórico que llevaba más de cuarenta mil años congelado. Pero tú tranquilo, que los americanos tienen todo bajo control. Es fascinante, ¿no te parece?

A Bosco le parecía muchas cosas excepto fascinante. Esa noche soñó con un enorme glaciar que se descongelaba y dejaba al aire bicicletas rotas, coches viejos y una montaña rusa de esas que te ponen cabeza abajo, y por la que él subía y bajaba, subía y bajaba, hasta que se despertó sobresaltado.

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Al club social no iban las internas. Solo a veces las cuidadoras, para que los niños pequeños no dieran guerra y dejasen comer a sus padres, así que Katarina se quedaría en casa mientras la familia al completo se preparaba para un domingo de tenis y comida con los amigos. Les despidió en la puerta de la cocina, con su sonrisa tímida y el nuevo uniforme de pantalón azul claro que le había comprado su madre, “más discreto que esa horterada que le dieron en la empresa”.

Según dieron media vuelta, empezó a barrer con energía una suciedad que nadie más parecía ver.

— Esta mujer es peor que el conejito de Duracel — dijo su padre.

— Papá, ya estás con los chistes malos de tu época.

— Tienes razón. Pero oye, ¿no es su día libre?

— Ya, pero qué va a hacer, si no conoce a nadie — contestó su madre, y a Bosco le dieron ganas de quedarse con Katarina en casa. Podría enseñarle a jugar al fútbol, o algo así.

Los amigos de sus padres ya habían llegado al club y ocupaban tres mesas junto al bar en las que apenas quedaba ya espacio para cervezas, vasos de refrescos y cuencos de patatas fritas. Todos se saludaron, las mujeres con dos besos, los hombres con abrazos y palmadas en la espalda, hablando demasiado alto, riendo, como si hiciera mucho que no se veían, aunque Bosco hubiera jurado que el domingo anterior también habían ido al club. Su hermana Nerea desapareció inmediatamente para sentarse en otra mesa con un grupo de adolescentes ruidosos y a él, demasiado pequeño para ir con su hermana y demasiado mayor para el kids club, no le quedó más remedio que quedarse con los adultos. “Ahora viene Lucas de clase de tenis. Mira, si quieres bebe de la Fanta de Lucía, que se la ha dejado entera”, dijo una amiga de su madre, y Bosco empezó a beber de la botella de refresco, por hacer algo.

Se entretuvo un rato mirando a Nerea y a sus amigos, todos con ese brillo raro en los ojos que proporcionaban los chips oculares. A su derecha, los hombres hablaban de algo de deportes y a su izquierda las madres mantenían su propia conversación. Él se las había apañado para quedarse en medio.

— Bueno, bueno…cuéntanos. ¿Cómo es la cromañona? — dijo una de las mujeres, y las demás se echaron a reír.

Su madre se puso un poco colorada, pero sonrió. Estaban encantados, claro. Esa mujer trabajaba como una mula.

— ¿Y no te da reparo que viva en casa? — preguntó otra. — A mi…no sé, me daría cosilla. No quiero sonar racista, pero siendo de otra especie y eso…

— Además es una pasta, ¿no? Nosotros nos gastamos un montón en los robots-limpiadora y ahora, además, con la niña estudiando fuera…

— Yo lo haría, pero el problema es que en una casa como la mía necesitas dos internas. Como mínimo.

Su madre miraba a unas y otras mientras daba sorbos a su cerveza. A Bosco le pareció que estaba disfrutando de ser el centro de atención.

— Bueno, el desembolso ha sido fuerte, sí, pero pensad que es una vez y ya está. Luego solo lo que gaste en comida, ropa, médicos… Nosotros queremos que esté lo mejor posible, claro, que se sienta a gusto. Y os aseguro que se lo gana, porque trabaja como tres.

— ¡Qué dices!

La madre de su amigo Lucas acercó un poco la silla a la mesa y bajó la voz, como si fuera a decir algo confidencial.

— ¿Sabéis quién se acaba de comprar una? ¡Natalia, la del número nueve!

— ¡No puede ser! ¡Pero si han sacado al pequeño de la guardería y ya no tienen ni conductor! He oído que querían vender la casa.

— Para esto sí que tienen, fíjate. Pero yo la he visto y es diferente a la tuya, Verónica. Como más…oriental.

Su madre habló con tono de experta en la materia.

— Será denisovana. Otra clase de homínido. Más económicas, pero no tan robustas.

Las demás asintieron. Eso explicaba todo, al parecer.

Al otro lado, los hombres habían cambiado de tema y ahora hablaban del virus. A Bosco sintió un dolor en la boca del estómago que, si hubiera sido más mayor, hubiera reconocido como angustia.

— Otra vez la psicosis, tío. Acabo de llegar de Washington y todo el mundo con mascarillas en el aeropuerto — dijo Fernando, que era amigo de su padre desde la universidad y además vivía en su misma calle.

— Joder, es que parece serio. Esta mañana hablaban ya de varios muertos.

— ¡Pero ahí en Alaska lo tienen súper controlado, hombre! Yo estoy tranquilísimo. Mira, he estado diez horas metido en un avión y como si nada. — El hombre empezó a toser, tapándose la boca con la mano, y todos le rieron la gracia. Fue entonces cuando llegó otra pareja, amigos de alguien en la mesa. Hubo apretones de manos entre los hombres, besos entre las mujeres, más cervezas y cuencos de patatas que llegaron desde la barra del bar y pasaron de unos a otros. Por fin apareció Lucas también, sudando a chorros tras su lección de tenis, y Bosco, aliviado de poder dejar la mesa de los adultos, saludó a su amigo con un “choca esos cinco”, como siempre, y se marchó con él.

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— En español no, pero en chino no calla — dijo su madre.

Katarina llevaba un buen rato hablando con alguien en su lengua materna. Usaba un móvil con auriculares inalámbricos, sin parar de parlotear mientras planchaba, limpiaba los baños o pasaba el aspirador. Bosco se lo había contado a todos sus amigos. “¡Tiene un móvil, tío, como mis abuelos!” Solo había visto uno de esos en las películas. El de Katarina parecía funcionar todavía muy bien.

Cuando entró en la cocina, Katarina sonreía y canturreaba mientras pelaba unas patatas para la comida.

— ¿Con quién hablabas? — le dijo. Como la mujer puso cara de no comprender, Bosco señaló al teléfono que estaba sobre la encimera.

— Ah…¿Cómo se dice?….Bosco, Nerea…Katarina, Ilia.

— ¡Anda! Hermana. Tienes una hermana. ¿Y dónde vive? ¿China? ¿España?

— China no. España no. Australia.

A Bosco no le hubiera importado que Nerea se fuera una temporada a Australia, pero Katarina pareció entristecerse al decirle lo lejos que estaba su hermana. Bosco pensó que igual se animaba si salía de la casa.

— Voy a casa de Fernando, el vecino, a recoger un paquete. Era para nosotros, pero el dron se lo dejó a ellos por error. ¿Te vienes?

— Sí. Vecinos. Recoger. Paquete. — Y sonrió. Katarina tenía tendencia a repetir todo lo que decían, como si practicara la pronunciación. Iba haciendo progresos con palabras sueltas; ya conocía muchas, pero las frases y la conjugación de los verbos se le resistían.

Por la calle, desierta como siempre, Bosco le iba diciendo a Katarina los nombres de las cosas. Árbol. Perro. Puerta de garaje. Cámara de seguridad. Ella lo repetía todo, como una alumna obediente. Al llegar a la casa que buscaban Bosco tocó el interfono y dio un par de saltos para que pudieran verle en la pantalla. Esas cámaras siempre estaban demasiado altas. A la pobre Katarina le iba a pasar lo mismo, pensó, porque eran casi de la misma altura aunque se suponía que ella tenía ya veinte años.

— ¡Hombre, Bosco! Cómo estás, majete. — El mismo Fernando abrió la puerta y le dio un pellizco en la mejilla, como si fuera un niño pequeño. — Espera, te traigo eso.

Mientras esperaban, Bosco miró el vestíbulo, que era igual que el suyo pero a la inversa. La puerta de la cocina y el office estaba a la izquierda y no a la derecha; las escaleras al garaje y el sótano a la derecha y no a la izquierda. Bosco sabía además que en la casa de Fernando había un gimnasio donde ellos tenían un cuarto de juegos, porque sus hijos eran mayores y ya no vivían en la casa.

El hombre volvió con el paquete y entonces se dio cuenta de que Katarina también estaba allí, mirando al suelo. Se limitó a saludarla con un movimiento de la cabeza.

— Mi padre dice que si luego vais a ir al club.

— Creo que no….No me encuentro muy bien hoy, ¿sabes? Algo que he pillado. Va a ser mejor que me meta en la cama y no ande jugando al tenis. — Fue entonces cuando Bosco se dio cuenta del sarpullido de color rojo vivo que asomaba bajo la camiseta del amigo de su padre y se extendía por el cuello hacia la oreja.

De camino a casa no pudo evitar preguntarle a Katarina.

— ¿Has visto los granos que tenía en el cuello?

— Granos. Tenía. Cuello — dijo la mujer, así que quedó sin saber si ella también los había visto o solo estaba practicando español.

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— Katarina tiene una hermana — dijo durante la cena, pero nadie le hizo demasiado caso. Hablaban otra vez del virus.

— Hay casos en Washington, Noruega y Canadá — dijo su madre.

— China también; lo han dicho hoy.

— ¿Y el chico ese que murió en una plataforma petrolera? Los síntomas son peores que el ébola, Martín. Deberíamos cancelar las vacaciones.

— Ya estás con tú con tu histerismo. Espérate, mujer, a ver qué pasa en los próximos días.

— Pues que morirá más gente, eso es lo que va a pasar.

A partir de ahí comieron en silencio. Bosco lo intentó otra vez, más que nada por apartar sus pensamientos del dichoso virus.

— Katarina tiene una hermana, ¿lo sabíais?

— Cómo va a tener una hermana, subnormal — contestó Nerea — Será otra neandertal que han clonado en el mismo laboratorio.

— ¡Pues ella dice que es su hermana, imbécil, y que vive en Australia!

— ¡Todos a comer y a callar! — gritó su madre y nadie dijo nada más.

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Katarina llevaba más de media hora sentada en la cocina hablando por teléfono. “Y las camas sin hacer”, comentó su madre con gesto de irritación, quizá más molesta porque la conversación era en chino que por el estado de las habitaciones. Su madre estaba siempre irritada esos días. Bosco y su hermana procuraban moverse sin hacer ruido, casi de puntillas, para pasar desapercibidos y no acabar siendo el blanco de su mal humor . Pero no siempre era posible.

— Llevas toda la mañana jugando a esos videojuegos estúpidos, sin hacer nada.

— Mamá, no tengo otra cosa que hacer. Es sábado, no hay deberes…

— Porque no haya colegio no hay que estar todo el día haciendo el vago. Podías ayudar, por ejemplo. Mira, te vas ahora mismo a casa de Fernando y Lola, que el dron les ha vuelto a dejar un paquete que era nuestro.

— Joder con los drones — pero, afortunadamente, su madre no lo oyó.

Salió enfurruñado por la puerta lateral, la de servicio, y tomó adrede el camino más largo para tardar mucho. Al menos en la calle nadie le molestaba. No había un alma. Bosco caminó un rato por las aceras soleadas y desiertas, entreteniéndose para mirar una fila de hormigas, jugando a no pisar las juntas entre los adoquines. Un garaje se abrió y salió un coche, y por detrás de uno de los altos muros bordeados de arizónicas le llegó el inconfundible sonido de niños chapoteando en el agua. Por lo demás, nada, ni un ruido. No era una de esas urbas donde los niños juegan en la calle o pasan el verano nadando juntos en la piscina de la comunidad; aquí todo ocurría de puertas para adentro. Dentro de la casa, dentro del jardín, dentro del perímetro de seguridad del club social. Ni los perros paseaban por las aceras. Solo se veía, a veces, a alguna de las empleadas domésticas humanas, porque las androides, que aún había quien tenía, no salían nunca.

Cómo sería ahora con las neandertales, pensó. A Katarina parecía gustarle pasear por la calle. Estaba tan concentrado en sus pensamientos que no vio la ambulancia hasta que estaba al lado y casi tropieza con uno de los enfermeros con mascarilla.

— ¡Apártate, niño! ¡Cinco pasos atrás!

Bosco se detuvo en seco y entonces de dio cuenta de que era la casa del amigo de su padre. Dentro de la ambulancia había alguien que parecía Fernando, aunque era difícil de decir con todos esos aparatos enchufados a su cuerpo y la mascarilla de oxígeno que le cubría la cara. La que lloraba a su lado y ahora le miraba con extrañeza era Susana, su mujer. De eso estaba seguro.

— Bosco…no te acerques tanto. Ve a tu casa y avisa a tu madre, ¿vale? Corre…

Las portezuelas se cerraron de golpe y la ambulancia se alejó a toda prisa, disturbando momentáneamente la paz de la urbanización.

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Sus padres estuvieron demasiado ocupados discutiendo para preocuparse de su hermana y él durante el resto del día. No hubo más regañinas por perder el tiempo con videojuegos ni salidas al club social; Nerea y Bosco pasaron la jornada haciendo lo que les dio la gana. Según su madre, esto era el “Permavirus”, como ya se conocía al virus de Alaska, y debían ir todos cuanto antes al centro de salud.

— Eres una histérica y una tremendista, Verónica — pero al final su padre accedió a acercarse con los niños al supermercado antes de que “se extienda el pánico y la gente empiece a acaparar”, como repetía su madre.

Bosco ya había entrado en pánico hacía horas. Estaba muerto de miedo, pero intentaba disimularlo.

— Katarina, vamos a comprar — dijo entrando en la cocina, pero la mujer estaba sentada con cara de preocupación y no le contestó. — ¿Te pasa algo?

— Hermana. Ilia. Granos rojos.

— ¿Tu hermana está enferma?

La mujer reflexionó un poco.

— Hermana no. Verónica, Katarina. Tamara, Ilia. Tamara granos rojos.

— Verónica es mi madre, entonces Tamara… ¡la jefa de tu hermana tiene el virus! — había dudado entre decir jefa o dueña, pero lo había entendido.

En el coche, su hermana se quejó por tener que acompañarlos, por no poder ir a casa de su amiga Lisa y por tener que ir en el monovolumen, “que estaba súper guarro”. Ni Bosco ni su padre le hicieron caso, cada uno rumiando sus propias preocupaciones. Al llegar a la salida de la urba, el mando automático no funcionaba, y en la garita no había nadie.

— Ya es raro, siempre están — dijo su padre. — Lo del mando deben de ser las pilas.

Sin forma de abrir la barrera, no tuvieron más remedio que dar la vuelta y atravesar la urbanización hasta llegar a la otra entrada, la de visitas, la de aquellos que nunca podrían vivir detrás de los altos muros bordeados de arizónicas ni jugar al tenis en el club social. Ni Bosco ni Nerea habían pasado por ella en años.

— ¿Pero qué coño pasa aquí?

Varios coches hacían cola para salir, pero la barrera estaba bajada y la gente, que había salido de sus automóviles, se agolpaba junto a la garita de seguridad. Alguien discutía, un vecino gritaba. Salieron del coche, Nerea callada al fin, su padre cogiéndole fuerte de la mano, y se acercaron a la barrera. Los guardias, encerrados dentro de la garita, llevaban máscaras. Entonces Bosco vio los dos coches de policía aparcados detrás de la barrera, y de ellos salieron cuatro agentes armados provistos de mascarillas, chalecos de seguridad y un megáfono. La voz sonó distorsionada, y tan alta que tuvo que taparse los oídos.

— Apártense y vuelvan a su casas, por favor. La urbanización ha sido puesta en cuarentena hasta nuevo aviso. Les rogamos que mantengan la calma y eviten el contacto con otros vecinos. Los drones llegarán en breve e irán distribuyendo provisiones y material sanitario.

— ¡Me cago en la leche, abran la puerta ya! ¡Esto es ilegal! — gritó un hombre a su lado. — Mi abogado está de camino.

— Su abogado no podrá acceder a la urbanización. Nadie puede entrar o salir por el momento. Deben volver a su casa inmediatamente.

El final no se escuchó muy bien, porque el hombre y otros vecinos que estaban a su lado se abalanzaron sobre la barrera. Los tiros al aire de la policía sí se oyeron claramente. Su padre les agarró y les echó al suelo y allí estuvieron un buen rato, los tres tumbados en el asfalto, cogidos de la mano, Nerea y él llorando, hasta que su padre dijo “vámonos, vámonos”, y echaron a correr al coche.

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Nunca habían visto esos drones tan grandes, lo suficientemente estables como para transportar cajas llenas de provisiones que pesaban, por lo menos, cuarenta kilos. O cuerpos humanos. Las bolsas herméticas, de varios tamaños, llegaron el segundo día de la cuarentena junto con un reparto de papel higiénico y compresas. Katarina pensó al principio que eran para la basura.

— No, mujer, no. Qué bruta — Su hermana cogió la bolsa y la extendió en el suelo, mientras Katarina escuchaba con atención. — Se abre así. Luego pones el cuerpo encima… o lo empujas, si pesa mucho. Para cerrarlo hay que tirar de esta cremallera y después de la otra aquí arriba…Y ya está.

— Bolsa, cierre, cremallera. Vale. — Katarina era una alumna muy aplicada.

Desde que llegaron las bolsas, su madre apenas salía de la habitación. “No se encuentra bien”, explicó su padre. Bosco se asustó muchísimo porque pensó que el Permavirus, pero resultó que solo estaba triste. Sin colegio, amigos que visitar o club social, los días se hacían largos y su hermana y él se aburrían. Una forma de entretenerse era mirar los drones. Subían al ático, desde el que había una buena vista de la urbanización, y jugaban a adivinar en qué casa iban a dejar su carga. O en cuál recogían un cuerpo. Solía ganar Nerea, pero resultó no ser solo cuestión de suerte.

— Katarina me dijo que ayer fue al número cinco y que le abrió la hija, esa alta del pelo largo, la que se lio con César, ¿sabes quién te digo? Bueno, pues que “granos, rojo, cuello”, como dice ella.

— ¿Y qué hacía Katarina en el número cinco?

— Cambiando latas de piña, que a nosotros no nos gusta, por paquetes de pasta. Al final no va a ser tan tonta la neandertal esta…

Cuando las cajas de los drones empezaron a ser más y más pequeñas, la habilidad de Katarina para el trueque resultó ser muy útil. La mujer salía temprano y recorría la urbanización ofreciendo sus servicios en las casas donde las internas ya habían fallecido. Siempre regresaba con algo interesante. Una bolsa de mandarinas por limpiar los baños en el número catorce. Una botella de aceite por hacer la colada en el cuatro. El día que apareció con dos docenas de huevos, preparó una tortilla de patatas y un bizcocho para comer, y Bosco se sintió como si celebraran una fiesta.

— Número veintiuno no comen huevos. Hija alérgica.

— ¿Y tú qué has hecho para que te los den?

— Bolsa padre, bolsa hijo pequeño, esperar dron.

Algunas casas ya no recibían la visita de los drones y Katarina dejó de ir a esas. Ahora salía siempre con Lailai, la interna denisovana del número nueve. Cogidas del brazo, recorrían la urba de arriba abajo, siempre sonrientes, siempre de buen humor. Entraban en un chalé, salían de otro, transportaban juntas las pesadas bolsas hasta el jardín. En su casa seguía ocupándose de todo, más ahora que su madre no se levantaba de la cama, y por las noches charlaba hasta las tantas con su hermana en Australia.

— ¿Qué tal está tu hermana? — preguntó un día Bosco.

— Bien. Pero jefa hermana, bolsa. Jefe hermana, bolsa también. Hijos, bolsas pequeñas.

— Vaya, lo siento.

Katarina se encogió de hombros.

— No, hermana bien. Katarina bien, Lialai bien. Todos hermanos bien — y empezó a cortar los tomates que le habían dado en el número quince para hacer una ensalada.

Qué suerte tienen estos Neandertales, pensó Bosco.

— Katarina, mañana a ver si consigues Cola Cao, ¿vale? A lo mejor los del final de la calle tienen.

— No. Final calle, todos bolsas. Pero en número doce, Cola Cao — y siguió a lo suyo, cortando tomates.

Paula Gil es escritora y vive en Madrid. Su primera novela, Cuarenta mil años sin ti, ha sido publicada por Nowevolution Editorial.

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